Es la primera pregunta que hace todo el mundo y la que peor se responde. Las agencias tienden a decir que sí a todo, porque un viaje de diez días con cinco destinos se vende igual de bien que uno con dos, y el que se lleva el disgusto es el viajero. Nosotros preferimos decirlo claro desde el principio, aunque a veces signifique perder una venta.
Con diez días, dos destinos y punto. Buenos Aires más uno: la Patagonia austral, Iguazú o Mendoza. Y ya está. Intentar tres significa dedicar tres de esos diez días a aeropuertos, traslados y esperas, o sea, un tercio del viaje. Si el tiempo es ese, mejor conocer bien dos sitios y volver a casa con la sensación de haber estado allí de verdad.
Con quince días se pueden hacer tres destinos con calma. Buenos Aires, El Calafate con El Chaltén y Ushuaia es una combinación que funciona muy bien. O Buenos Aires, Iguazú y Mendoza, que mezcla ciudad, selva y cordillera. Quince días es, en mi experiencia, la duración que mejor equilibrio tiene para la mayoría de los viajeros europeos: da tiempo a ver bastante sin que el viaje se convierta en una carrera.
Con veintiún días ya se puede cruzar el país de verdad. De la selva de Iguazú al canal de Beagle, pasando por el altiplano del norte y por la cordillera. Es un viaje exigente, con cinco o seis vuelos internos, y hay que estar dispuesto a hacer y deshacer maletas varias veces. Pero es el viaje que la gente recuerda toda la vida, porque permite entender de un tirón la escala y la diversidad de este país, que es su rasgo más difícil de explicar con palabras.
Con un mes o más aparece la otra Argentina, la que no sale en los folletos. Los pueblos pequeños, los tramos de la Ruta 40 que no llevan a ningún sitio famoso, las estancias donde se duerme dos noches sin cobertura, Córdoba, el litoral, los esteros. Es cuando se deja de visitar el país y se empieza a viajar por él, que no es lo mismo.
Hay una pregunta que hacemos siempre antes de proponer nada, y es la que de verdad define el viaje: ¿preferís ver más cosas o ver menos cosas mejor? No hay respuesta correcta. Hay gente que disfruta de verdad cambiando de sitio cada dos días y viendo mucho, y hay gente que necesita quedarse quieta para disfrutar. Saber a cuál de los dos grupos pertenecéis vale más que cualquier lista de imprescindibles.
Y termino con el error más repetido de todos: querer meter la Patagonia en una escapada de cuatro días. Solo los traslados se llevan dos, y el sur tiene un factor que no se puede planificar, que es el tiempo. Con margen, un día malo se salva cambiando el orden de las cosas. Sin margen, un día malo se lleva por delante la única oportunidad de ver el Fitz Roy, y eso no se arregla con dinero.
Lucas Araujo
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