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Quebrada de Humahuaca y Salinas Grandes: el norte argentino

El norte es la Argentina que menos se parece a la idea que traemos del país. Adobe, roca roja, cactus y acento andino.

Isaac Cantos  ·  3 min de lectura

Si alguien llega a Argentina pensando en tango, asado y gente de origen italiano, el norte le va a descolocar por completo. Aquí la cultura es andina, la arquitectura es de adobe, se cocina con quinoa y llama, y el paisaje se parece más a Bolivia o al norte de Chile que a la pampa. Es, para mi gusto, la región más sorprendente del país.

La ruta clásica sale de Salta, sube hacia Jujuy y entra en la Quebrada de Humahuaca, que está declarada Patrimonio de la Humanidad. En unos cien kilómetros se van encadenando Purmamarca, Maimará, Tilcara y Humahuaca, cada pueblo con su carácter, sus ferias y sus iglesias antiguas. Es una carretera cómoda, asfaltada, y se puede hacer perfectamente en coche de alquiler.

Purmamarca es la parada obligatoria, por el Cerro de los Siete Colores. Y aquí va un consejo: el cerro cambia por completo según la hora. Al amanecer y al atardecer los colores se encienden y parecen pintados; al mediodía la luz los aplana y se quedan en una montaña más. Dormid allí una noche y salid temprano a caminar el Paseo de los Colorados, que es un sendero de una hora alrededor del pueblo, y lo entenderéis.

Desde Humahuaca sale la subida al Hornocal, el cerro de los catorce colores, a más de cuatro mil doscientos metros. Es el paisaje más impresionante de todo el norte y mucha gente ni sabe que existe: una pared de montaña plegada en zigzag, con franjas de colores que parecen imposibles. La pista para subir es de tierra y se hace con vehículo alto o con excursión, y conviene ir por la tarde, cuando el sol le da de frente.

El otro gran destino son las Salinas Grandes, un desierto de sal a tres mil cuatrocientos metros al que se llega subiendo la Cuesta de Lipán, que pasa de los cuatro mil en su punto más alto. El contraste del blanco absoluto con el azul del cielo es brutal, y el silencio de allí arriba es algo que no he encontrado en ningún otro sitio. Llevad gafas de sol buenas de verdad, porque el reflejo es agresivo, y protector solar aunque haga frío.

Ahora lo importante, que es lo que más se subestima: la altura. En un par de días se pasa de los mil doscientos metros de Salta a más de cuatro mil en la Cuesta de Lipán. El cuerpo lo nota, y no depende de estar en forma ni de ser joven. El soroche, que es como llaman allí al mal de altura, puede arruinarle dos días de viaje a cualquiera.

Las reglas para llevarlo bien son sencillas. Subid por etapas, durmiendo a alturas intermedias antes de ir a lo más alto, y no saltéis directamente de Salta al altiplano. Bebed mucha agua, mucha más de la que os pida el cuerpo. Comed ligero los primeros días, nada de comidas pesadas. Nada de alcohol hasta estar aclimatados. Y tomad mate de coca, que allí es lo normal, se vende en cualquier sitio y ayuda de verdad. Si en algún momento os falta el aire estando quietos o el dolor de cabeza no se pasa, la única solución buena es bajar.

Isaac Cantos

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